Las cremas solares han ganado mala fama en los últimos años, pero dejar de usarlas puede suponer un riesgo importante
Hace 50 años las cremas con filtro solar eran un capricho extraño o algo que usaban los esquiadores para no volver con la cara roja y la marca de las gafas. Sin embargo, la alarma sobre el incremento de los casos de cáncer y los riesgos de quemarse al sol se extendió por el mundo durante los años 80 y 90, cuando se temía que el agujero de la capa de ozono se hiciera mayor y nos dejara sin protección contra la radiación solar. En países como Australia empezó a aparecer el índice de radiación ultravioleta en el parte meteorológico y el mundo siguió las recomendaciones (más o menos).
Sin embargo, desde hace algunos años se oyen voces contra el uso de cremas de protección solar por sus supuestos efectos negativos en la salud. Los argumentos contra las cremas solares suelen ser de tres tipos:
Las cremas solares producen deficiencia de vitamina D porque impiden que se forme en la piel cuando se expone al sol.
Las cremas solares contienen productos químicos orgánicos perjudiciales que se absorben a través de la piel.
Las cremas solares producen cáncer.
Los estudios más recientes han encontrado que estos argumentos, o bien no tienen base alguna, o bien exageran sus riesgos, que son insignificantes en comparación con el riesgo muy real de padecer cáncer de piel por quemarse al sol.

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